Soy una persona a la que le gustan mucho las palabras. Más que eso, que las ama, que disfruta como una niña pequeña al utilizarlas y al hacer combinaciones extrañas para dar otros significados a las oraciones. Pero también soy una persona a la que de nada le sirven las palabras voluminosas, las palabras que pensamos más grandes si, al analizarlas, al mirar tras ellas, sólo se encuentra un enorme vacío.
¿De qué sirve que una persona venga a ti, te cubra de halagos y palabras de amor (zalamerías), si después tiene que desaparecer hasta que, cuando tú vuelvas a atreverte a decirle algo, ocurra lo mismo?
Como ya he dicho anteriormente, amo las palabras y en cada letra que escribe la tinta de mi bolígrafo mordisqueado dejo un trocito de mí. Procuro que cada frase transmita todo lo que siente mi corazón. Pero volvemos a lo de antes, si alguien me dedica todas esas palabras -poniendo ya en duda que mientras las escriba las sienta- y después desaparece de mi mapa sin importarle lo más mínimo qué pueda pensar yo, ¿de qué coño me sirven a mí esas palabras?
Y me he cansado. Llevo ya... mucho tiempo detrás de personas, tratando de no perderlas sin llegar a ser pesada, dejándole pedacitos de mí ser -de mi alma más bien, que es con lo que escribo- de vez en cuando, para que vea que me importa, que me sigo acordando de ella. Lo único que me llevo después son las manos llenas de palabras vacías que, como pesan tan poco, el viento las hace desaparecer en un abrir y cerrar de ojos.
Por eso, a partir de ahora, voy a empezar a consumir menos palabras con esas personas -si lo consigo, porque soy blanda de corazón, procuraré no consumir ninguna- y a guardarlas en un tarro de cristal transparente, para quien de verdad las merezca -o al menos lo crea- pueda coger alguna. Y si nadie coge, no hay problema, esas palabras irán a mis textos.
Se acabó el ser la niña débil de siempre.
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