jueves, 27 de mayo de 2010

Moon.

Por tercera noche consecutiva, vienes conmigo. Te cuelas por la ventana de la habitación de mi hermana desde allá arriba, y me sonríes, pero esa sonrisa no llega hasta tu mirada. Otra noche más, vuelves a mirarme con ojos tristes, doloridos, cansados… Devuelvo tu gesto, sin entender muy bien por qué lo hago. Se supone que hoy todo está bien, aunque ya he desaprovechado –más bien tirado a la basura- la segunda oportunidad que se me concedió de recuperar todo el trabajo de un año que daba por perdido.

Mientras pienso en ello y en un millón de cosas más, me rindo ante ti, me echo a llorar como si fuera una niña perdida. Es así como me haces sentir, me haces débil, sacas a la superficie mis sentimientos más escondidos y haces que me derrumbe en la penumbra de esta habitación.

Me encantan tus extrañas visitas, haces que mi noche sea extraña, especial y preciosa por haber tenido tu presencia. Pero me haces sentir pequeña, insignificante, más de lo que ya me considero yo por mí misma.

Ahora mismo, ruegas que vaya a mi cama, que me esconda entre las sábanas y que vuelva a la cuna de mis pesadillas, de mis sueños locos, de los acontecimientos que han sucedido, de los que no lo han hecho aún y de los que nunca lo harán, de los sueños que se convierten en pesadillas, de ver mi vida como si fuera una tercera persona, criticándome, odiándome cada noche un poco más. Entre lágrimas y sollozos en silencio, que mañana y jamás nadie notará, voy cerrando las aplicaciones del ordenador, deteniendo la música suave y melancólica que me acompaña cada noche, diciéndole adiós a un día que no quiero que acabe por temor a que el siguiente sea peor.

Cuando todo está en silencio, justo a medianoche, copio este texto en el blog que creé para desahogarme y que ahora es parte de mí. Te miro por última vez hoy, Luna, compartiendo de nuevo una mirada triste y prometiéndote volver la noche siguiente, hasta que lleguen las vacaciones y poder pasar las largas noches contigo. Apago la pantalla del ordenador, reuniendo todo el valor posible para enfrentarme a las pesadillas que me atormentan cada noche, torturándome, matándome.

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